¿Granito de arena o desierto? (Apuntes sobre la Revolución III)

A las once del sábado, en la plaza del Dos de Mayo, hay un desayuno popular. Nosotros llevamos un bizcocho hecho el día anterior, zumo, servilletas y vasos. Allí hay instalada una mesa con termos de café, más zumos… Alguien ha traído una olla rebosante de té. Enfrente, dos grandes mesas con dulces caseros de los más diversos tipos, fruta, tortilla de patatas… Dejamos tímidamente el zumo y el bizcocho en sus mesas correspondientes.

—Mamá, quiero zumo —me dice Ari.
—Pues mira, allí lo tienes —le indico.

Ari se esconde detrás de mi pierna.
—Tú, anda… Me da vergüenza —dice.

Normal. Nunca han estado en un desayuno popular, y han sido educados para que no toquen nada que esté en la calle, que sea “de otros”. Y eso que esta es su plaza, donde han pasado más tiempo que en casa. Le pongo el zumo y le corto un trozo de bizcocho.

Me encuentro con M., madre de un niño de la edad de Elmo. Nos ponemos a charlar. Le pregunto si está metida en el movimiento. Me contesta que hace lo que puede, pero que no da más de sí. Trabaja, y por las tardes tiene que ocuparse del niño. Su pareja, T., está más metido. Llevaba ocho meses en el paro, y hace poco ha encontrado trabajo.
—Llega del trabajo a las nueve de la noche —me dice M.—, y en seguida se va a las asambleas. No duerme. No nos vemos. “Encantada de haberte conocido estos once años”, le digo cuando nos cruzamos.

Se acerca T. Está nervioso porque cree que deberíamos estar en la plaza de la Villa, donde se ha organizado una movilización para protestar durante la toma de posesión de Gallardón y compañía. Quiere proponer que nos vayamos cuanto antes para allá, pero no sabe muy bien a quién dirigirse, o si subirse a un banco y ponerse a dar voces. Esto es nuevo para nuestra generación, acostumbrada a distinguir a quienes manejan el cotarro como a gallos en un corral.
—¿Tú quién crees que…? —me pregunta.

No hace falta que termine la frase. Señalo a un chico alto con sombrero que se mueve de un grupillo a otro, con cara de no acabar de ubicarse en ninguno. T. se acerca a él. Vuelve más nervioso todavía.
—¿Qué te han dicho? —le pregunto.
—Nada —dice, decepcionado—, que están aquí preparando la asamblea de esta tarde, haciendo un cartel… Que no se puede estar a todo.
—Claro —digo—. El fallo ha estado en convocar ambas cosas el mismo día a la misma hora.

“El fallo”. Me salta a la vista mi actitud distante y crítica.
—Bueno —añado en seguida—, en los comienzos es normal que haya descoordinación…

Y eso me suena a excusa, así que decido callarme, observar y escuchar.

Hay cerca de cincuenta personas dispersas en corrillos, en los que se nota que no se habla del tiempo precisamente. Sobrevuelan las palabras “movilización”, “protesta”, “indignación”, “economía”… De vez en cuando nos miramos y nos contabilizamos unos a otros, haciendo gestos de aprobación.

Alguien aparece con churros y porras, que desaparecen en un santiamén. Un grupo de unas diez personas está confeccionando un mural, en el suelo, tal y como nos enseñaban a hacerlos en el cole. En el centro, un sol enorme. A los lados, consignas, dibujos, propuestas extraídas del buzón de sugerencias, cuidadosamente recortadas. Trabajan despacito. No tienen prisa.

Aparece mi amigo Pack, que vive en el barrio y al que, como no está metido en el Facebook, voy informando de las convocatorias que se mueven por la web. A nuestro corro se aproxima un hombre larguirucho con gafas de sol que se parece increíblemente a Gabino Diego, y más cuando abre la boca… Si no fuese por el marcado acento italiano. Nos enteramos de que está allí por sus hijos, que tienen unos veinte años. Con su incorporación, aumenta la media de edad en nuestro corrillo.
—Yo ya tengo cuarenta años —dice T.—. Tenemos que apoyarlos como podamos, pero la revolución es de los más jóvenes. Son ellos los que tienen que dirigir y decidir.
—Les podamos aportar la experiencia —dice Pack.

En la boca del italiano asoma una sonrisa amarga.
—La experiencia de los luchadores de izquierdas ahora no vale para nada. Hay que partir de cero.
—Vale para saber por dónde NO hay que ir —matizo.

Hablamos de Berlusconi. Hablamos de la policía y de política. Hablamos de que la ideología ya no es útil en esta revolución, basada más en la defensa propia y el sentido común. Nos saciamos de zumo y de charla. Los niños irrumpen de vez en cuando.
—Mamá, dame la paga.
—Que no.
—Me aburro.
—Vete a jugar por ahí con el balón.

Van apareciendo más niños. Elmo y Ari se ponen a cambiar cromos de Invizimal en su propio lenguaje.
—Lete, lete, lete, lete… ¡Nole!

He tardado un par de semanas en descifrar a qué se referían: “Le tengo”, “No le tengo”. Supongo que a ellos también les sonarán a chino las consignas de esta peculiar revolución, de las que también hablamos: “No hay bastante pan para tanto chorizo”, “Si no nos dejáis soñar no os dejaremos dormir”, “Hay-Untamiento”… Yo aporto la primera anotación del twitter que me hizo reír a carcajadas: “Rosa Díez sale de debajo de un cartón en Sol y dice que esa siempre ha sido su casa”. Alguien menciona el armazón que vio en la Puerta del Sol en el que rezaba: “Cartón piloto”. Y yo, la pintada en un cubo de basura el día antes de las elecciones: “Vota aquí”. Nos reímos como si estuviésemos contando chistes, como si esto no fuese muy en serio.

Pack se aleja hacia la mesa de la comida y pregunta:
—¿Alguien quiere cerezas?

Al italiano se le iluminan los ojos.
—¿HAY cervezas?

Nos reímos.
—Cerezas, ha dicho cerezas —le digo.

Pero en realidad me siento identificadísima con él. A mí en esta revolución me falta el tabaco y las cervezas. Tanto civismo me admira, y a la vez me envara.

Así se nos va pasando la mañana. A T. le avisan por el móvil de que está habiendo jaleíllo en las inmediaciones de la Plaza de la Villa. Decide irse para allá, y el italiano lo acompaña. Michel se va a casa a hacer la comida, y se lleva a Ari. Yo me quedo un rato más charlando con Pack.

Cuando vuelvo a casa con Elmo, le comento:
—Pues esta tarde venimos otra vez.
—¿Por qué?
—Porque hay asamblea.
—¿Qué?
—Reunión.
—Jo, qué rollo, ¿para qué?
—Para cambiar el mundo, y que cuando seáis mayores lo tengáis un poco mejor.

Es la única consigna que a Elmo le hace callarse y quedarse pensativo.

Por la tarde, en la asamblea, hablan las diferentes comisiones. La de organización, la del buzón, la del banco de tiempo, la del 19J, la de dinamización de asambleas, la de comunicación, la de sanidad… Cada una explica sus avances e invita a la participación en sus reuniones semanales. Cuando se abre el turno de palabra, el primero en pedirlo es un concejal con sobrepeso que merodeaba por allí. Creo que es del PSOE. No vocaliza bien y mi oído no es muy bueno. Pero además es que su discurso —o, mejor dicho, el tono tedioso de su discurso— desentona tanto que se hace ya incomprensible creo que a los oídos de bastante gente. A posteriori, reconstruyo que ha venido a decir que no dupliquemos el esfuerzo, que él y los suyos están ahí precisamente para escuchar al pueblo y ayudarle… La gente enseguida empieza a dar vueltas con los brazos indicando que no se repita, y la moderadora acaba quitándole el micrófono. Luego sale gente a reprocharle que esa mañana no salieran los concejales a unirse con los manifestantes ante la intervención policial en los alrededores de la plaza de la Villa. También sale gente a defenderle diciendo que es uno más, que está allí en calidad de ciudadano y no de concejal, y que tiene el mismo derecho que los demás a hablar.

Se hacen bastantes propuestas. Protestas a pie de calle. Una televisión y una radio para el barrio. Abrir una comisión de consumo responsable. Otra de arte y urbanismo. Asambleas de niños, para que expongan sus derechos y propuestas… Yo cojo el micrófono por primera vez para proponer que los desayunos populares se hagan todos los sábados, visto el resultado. Alguien sale más tarde a decir el desgaste que eso supondría, que tiene que haber alguien organizándolo y que, si se hacen propuestas, también hay que ver su viabilidad. Me siento aludida y me gustaría responder. Pero realmente no sé qué responder. Poca cosa más puedo ofrecer, salvo la idea que, efectivamente, puede ser poco viable y que yo no puedo comprometerme a ejecutar. Ni siquiera puedo quedarme más a la asamblea, porque ya se ha hecho tarde.

Cuando voy a por los niños, veo que se ha organizado, al otro lado de la plaza, una batalla campal de pistolas de agua, entre adultos y niños. Un hombre disfrazado de superhéroe parece el más animado empapando a todo el que se le cruza. Todos —unas cuarenta personas— llevan las mismas pistolas, verde fosforito, y el espectáculo es digno de filmarse. Recojo a un Elmo y a un Ari chorreantes y nos vamos a casa.
—Pero ¿quién os ha dado las pistolas? —les pregunto.
—No sé. Un señor con capa ha llegado y nos ha empezado a mojar a todos. Y luego se ha puesto a repartir pistolas.

Lo dicen como si fuese la cosa más normal del mundo. Trato de aceptarlo de la misma forma. Es lo que hay. El mundo está cambiando.

Caminamos en silencio. Estoy agotada y un poco deprimida. Me siento impotente. Me gustaría actuar, estar más ahí, en lo que se está cociendo a fuego lento. Creo que me siento atacada en mi perfeccionismo. Me agota sentirme el más pequeño de los granitos de arena y trabajar con la realidad imperfecta, con mis limitaciones y con las de los demás.

Creo que somos muchos a los que nos resulta difícil tragar esa píldora. Nos han pillado in fraganti en nuestra eterna fantasía de aquello que sería la hostia pero es imposible, de todo eso que podríamos aportar… si nos dejaran, si alguien tuviera el más mínimo interés en escucharnos. Ahora nos escuchan: y hay que decir algo coherente.

Como a una pandilla de niños jugando al escondite inglés, esta revolución le ha pillado a cada uno con una pose diferente. Pero, como cuando dirigen un faro hacia ti en la oscuridad, todos nos hemos visto de algún modo involucrados y nos hemos descubierto en esa caricaturesca impostura. Cada uno ha reaccionado como puede y se lo permiten sus contradicciones internas; algunos señalando al vecino, otros camuflándose entre la masa o atribuyéndosela, aquellos criticando en la distancia, los de más allá lanzando profecías o forjando teorías conspiratorias. Pero esa fugaz toma de conciencia (todos y cada uno de nosotros estábamos engañándonos en alguno de los puntos que se han puesto de relieve) no es algo en lo que se pueda dar marcha atrás, como en el cuento del emperador desnudo.

El budismo usa una bonita metáfora para explicar la formación del ego, refiriéndose al momento en que un grano de arena en el desierto se alza sobre los demás, se mira a sí mismo y proclama: “Soy un grano de arena”, se queda fascinado con esa idea y, al instante siguiente, se ha olvidado por completo de que es, a la vez, desierto. En ese estado deambulamos por el mundo. Esta revolución —supongo que todas— ha sido como un grito desesperado del desierto proclamando su unidad. Incapaces de asumir esa aparente paradoja, muchos granos de arena nos seguimos agotando en el intento de alzarnos sobre los demás granos de arena e introducir el desierto en nuestro mezquino dedal en lugar de diluirnos en él y asumir nuestra gigantesca naturaleza.

El domingo por la tarde, después de llevar a los niños al cine, me acerco con ellos a Sol. Están en medio de la asamblea general. No oigo casi nada, pero las voces llegan dulces, casi nostálgicas. Se habla de amor, de respeto, de compasión, palabras muy grandes que han encontrado su hueco y su sentido, a lo largo de estas semanas, en todas las acampadas, tanto en las físicas como en las mentales. Me siento en el suelo. Una ola de calor corre entre el gentío. Alzo las manos y las muevo no sé ni por qué, porque no oigo lo que están diciendo. Estoy emocionada y tampoco sé por qué. Ari me imita con entusiasmo y descubro a Elmo, al cabo de un rato, alzando la mano derecha tímidamente y agitándola, cuando cree que no le miro. Es nuestra personal despedida de la acampada de Sol. Nuestra personal bienvenida a esta revolución, externa e interna.

Algunos podrán confundirnos, en estos momentos, con borregos que siguen la inercia general. Yo me permito, por un rato, calentita y acompañada, formar parte del desierto, mi única y auténtica naturaleza.

 

Por Isabel Cañelles

(http://isabelcanelles.blogia.com ; isabel@escueladeescritores.com)

Leave a Comment

Filed under Comisión Cultura y Educación, Crónicas

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *