Árboles y culos en la Gran Vía (Apuntes sobre la Revolución IV)

En la Comisión de Cultura de la Asamblea Popular del Dos de Mayo se lleva tiempo preparando una Asamblea de Niños, que finalmente se convocó para este miércoles.

Una buena parte de la reunión del lunes del grupo de Cultura estuvo dedicada a perfilar lo que se haría con los peques. Primero, habría que realizar algún tipo de juego para que se presentasen. Después, se les enseñarían los gestos mudos de acuerdo o desacuerdo, o se les propondría que se inventaran unos alternativos. A continuación, quizá, se podría elegir un moderador y alguien que tomara acta. Por último, se les animaría a que hablasen de las cuestiones que considerasen importantes para el barrio. Se llevarían también pinturas para que dibujasen un gran mural.

Una chica de la comisión comentaba que ya había estado adelantando a sus hijos el tema de los gestos. Después de un buen rato mostrándoselos (subir y agitar las manos como flanes cuando te guste lo que están diciendo; los pulgares abajo cuando no te guste; los brazos cruzados hacia arriba con los puños cerrados cuando estés en total desacuerdo; etc.), les preguntó:
—Entonces, ¿lo habéis entendido?
Uno de sus hijos, muy convencido, alzó los brazos en cruz… agitando las manos. Un reflejo simbólico de lo que ocurrió finalmente en la 1ª Asamblea de Niños del barrio de Malasaña.

A las 18.30 h estamos en la plaza los del grupo de cultura con material de pintura, minimegáfonos, minimicrófonos y mucha ilusión por lo que pueda pasar.
Llega Germán con Elmo y Ari. Elmo lleva días repitiendo que por nada del mundo quiere participar en la asamblea de niños, que eso es un rollo y que ni hablar. Cuando los primeros niños se sientan en el suelo, él está haciendo una guerra de agua con sus amigos en las inmediaciones de la fuente. Por su lado, Ari consigue canjearme un helado a cambio de permanecer en la asamblea un ratito.
Voy a comprarle el helado a Ari y al final se me acoplan Elmo y un amigo suyo. Un cucurucho de turrón, una tarrina de nata con barquillo y otra de limón; y un granizado, por favor. Cuando regresamos, ya hay unos veinte niños sentados en círculo. Pretendo que los míos se sienten, pero Elmo sigue en su posición rebelde.
—Solo un ratito. Venga, Elmo, por favor —digo, casi enfadada.
—Déjale —me dice una de las chicas de Cultura que conforma el círculo—. Si le obligas es peor.
Me muerdo los labios y me mantengo dolorosamente inactiva. Al cabo de un rato Elmo le dice a dos de sus amigos:
—¿Nos sentamos?
—Vale.
Y se sientan. A lo tonto se han juntado como cuarenta o cincuenta niños, casi todos entre tres y seis años (cuando se contaba con una media de entre ocho y diez años). Es difícil contarlos porque parecen un enjambre de avispas. Unos se sientan mientras que otros no aguantan más, se levantan y salen corriendo en direcciones incontroladas.
Finalmente se logra conectar un micrófono a un pequeño ampli, y empiezan las presentaciones. Hay una nariz de payaso que empieza a circular. A quien se la pasan, tiene que ponérsela y decir en voz muy alta su nombre. Así lo hacen. Cuando le toca a Ari, se pone la nariz y guarda un pertinaz silencio. Elmo, sin embargo, grita su nombre pero no se pone la nariz (posiblemente, la considera poco elegante). A medida que la nariz va avanzando, la impaciencia crece, y también crecen los culos, las cacas, los pedos y el pipí, que van empezando a configurarse como el tema asambleario por excelencia.
No ha pasado ni un minuto y parece que llevamos siglos con el asunto de los nombres. El tiempo —también para los adultos— transcurre en el mismo exasperante goteo que para los niños. En un segundo pueden caber —quien no tenga niños quizá lo haya olvidado— varios racimos de emociones de alta intensidad. Pasar una tarde con peques es como estar agarrado a perpetuidad a un cable de alta tensión.
Finalmente se han presentado y se puede comenzar. Toma el micrófono un adulto, para preguntar:
—¿Vosotros sabéis lo que es una asamblea?
Se produce un revuelo general de síes y de noes entrelazados. Se le acerca el micrófono a un niño.
—Es donde los mayores hablan de cosas importantes.
Un aplauso cerrado de dichos mayores, mientras se escuchan contrarréplicas aisladas de los peques: «¡No! Una asamblea es una caca»; «¡Es tu culo, cagón!»; y cosas similares.
Cuando se calman un poco, una chica de Cultura se hace con el micrófono y les va enseñando con paciencia los gestos. Los niños quedan más o menos conformes, pero a la inversa. Cuando les guste algo lanzarán los pulgares hacia el suelo.
A continuación, se les invita a usar el micrófono para decir lo que crean conveniente, pero después de una riada de guarrerías, incoherencias y soliloquios incomprensibles en chillidos agudos y amplificados que taladran nuestros oídos, se les arrebata el micrófono y se les hace la pregunta clave:
—¿Qué quieres para tu barrio?
El primero en coger el micrófono formalmente es un niño rubio con gafas de unos seis o siete años. Está muy serio y todos los adultos permanecemos expectantes.
—Yo lo que quiero es —dice solemnemente— ir al baño.
No podemos contener las carcajadas. Los niños, ante el éxito de su compañero, se envalentonan. Sale otro niño a matizar el comentario anterior.
—Lo que tienes que hacer —le dice al rubio— es subirte a un volcán. Y entonces meas dentro del volcán. Y luego el volcán explota y sale el pis disparado.
Risas, cacas, culos, pedos entre el público. Entonces sale a hablar una niña de unos seis años con un vestido negro, muy elegante.
—Vas al baño, limpias el váter y haces pipí —explica, pausada y pedagógicamente—. Después tiras de la cadena. Y después te lavas las manos.
Los mayores asentimos ante tan acertada secuenciación, aunque algo asustados por el cariz que va tomando la asamblea. El comando de Elmo y sus secuaces se hacen con el micrófono con el objetivo claro de —lejos de limpiar el váter y tirar de la cadena— reventar la asamblea a golpe de guarradas. No obstante, cuando cada uno de ellos se ve de pie en medio del grupo con el micrófono en la mano, se queda de lo más cortado y suelta un fugaz y vergonzoso «caca» antes de salir corriendo a su sitio, temblando de los nervios.
Resulta curioso, porque es el mismo efecto que causa el sistema asambleario en los demagogos.
Cuando Elmo consigue hacerse con el micrófono, después de mucha insistencia, suelta un escueto:
—¡Ay, madre!
Y yo no sé si darme por aludida o hacer como que no le conozco.
Finalmente una chica de la comisión, que claramente es la que más acostumbrada está a bregar con grupos nutridos de niños, logra requisar el micrófono y dice:
—A ver, chicos, vamos a rebobinar y a empezar de nuevo. Vamos a hablar de esas cosas importantes que queréis para vuestro barrio, ¿vale? ¿Qué os gustaría que hubiera que no haya? ¿O qué os gustaría que quitaran?
Un niño sale y dice:
—A mí me gustaría que hubiera árboles en la Gran Vía.
Todos emitimos un silencioso aplauso de manos alzadas y vibrantes. Por fin algo coherente. Entonces los chavales quieren intervenir todos a la vez y en décimas de segundo estamos en pleno caos. Otra chica de la comisión empieza a tomar nota para establecer turnos. Finalmente se logra poner un poco de orden, sale el siguiente niño y dice:
—¡Pues yo quiero… árboles en la Gran Vía!
Nos reímos. Sale el siguiente.
—¡Árboles en la Gran Vía!
Los adultos alzamos la vista al cielo, como cuando un cedé se queda varado en la misma pista, sin avanzar. Después de quince niños pidiendo árboles para la Gran Vía, sale Ari a hablar. Tiemblo de emoción y de miedo. Se planta ante el micrófono, vergonzoso, y dice:
—Cacas en la Gran Vía.
Durante los siguientes quince minutos hay variaciones sobre el mismo punto. Robots en la Gran Vía. Culos en la Gran Vía. Globos en la Gran Vía. La Gran Vía de los pedos asquerosos. Cactus a tutiplén en la Gran Vía. Y así.
Una vez que tienen repleta de trastos y escatologías varias la Gran Vía, los peques se empiezan a aburrir y a dispersarse. Alguien habla de no matar hormigas. De que tienen que poner telas en las calles porque su mamá se quema con el sol cuando va a los ensayos («Será actriz», pensamos todos). En un descuido mío, Elmo se levanta con sus amigos y se marchan a jugar al parque. De pronto —los adultos apenas ni hemos parpadeado— el tiempo avanza a cámara rápida y ya solo quedan cuatro o cinco niños en el círculo.
Yo ya no puedo quedarme más. Luego me cuentan que los niños pintan entusiasmados el gran mural y que, cuando lo cuelgan, Mateo, el niño que más tiempo y esfuerzo había invertido en su dibujo (el que no era partidario, al parecer, de matar hormigas) llora desconsolado porque su dibujo es el único que ha quedado bocabajo.
Pero eso a mí no me da tiempo a verlo. Después de despedirme de Elmo y Ari, que juegan en el parque, me alejo con un sabor extraño en la boca agridulce, parecido a la sorpresa, parecido al desencanto. En el fondo, me imaginaba una mini-asamblea en toda regla (tipo aquella peli de gángsters en miniatura, Bugsy Malone), con propuestas claras de cómo sublevarse al control de los adultos y que, con un poco de suerte, montaran un mecanismo paralelo de vida y nos dejasen en paz. Soñaba, supongo, con unos pequeños replicantes que llevaran a cabo lo que a los adultos nos está costando dios y ayuda llevar a cabo.
Pero los niños tienen una característica que los distingue de los mayores (y las asambleas, claramente, son cosa de los mayores): SON NIÑOS.
Y que lo sean por mucho tiempo para recordarnos que los árboles y los culos, en la Gran Vía, son esenciales.

Por Isabel Cañelles

(http://isabelcanelles.blogia.com; isabel@escueladeescritores.com)

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